Testimonio real de un adicto al juego

Este testimonio real de un paciente con una adicción al juego ilustra muy bien la vida de las personas que conviven con el juego patológico. Deudas, fracasos matrimoniales, alejamiento familiar, mentiras, perdidas de trabajo, son solo algunas de las terribles consecuencias de esta adicción.

Lo difícil es ser consciente del problema. Aunque aquí lo veamos escrito a modo de resumen vital y resulte evidente que esta persona tenía un problema, lo cierto es que el juego patológico es una adicción oculta en el día a día, es un secreto, algo muy difícil de identificar por el individuo que la padece, sumergido en la rutina del jugador, y por los familiares, poco acostumbrados a esta nueva adicción tan presente en la sociedad.

Acudir a terapia ya es un gran paso para el proceso de rehabilitación, de ahí la importancia de pedir ayuda, tanto por los familiares de la persona, como por parte del propio jugador.

   “Comencé a jugar cuando tenía 17 años. Quedaba con unos amigos y organizábamos timbas de póker. Poco a poco se fue convirtiendo en una costumbre, todos los fines de semana teníamos partidas y además, algunos íbamos al casino a ‘practicar’. Allí descubrí otros juegos que no solo requerían la habilidad del jugador, dependían exclusivamente de la suerte, sin embargo, la posibilidad de dar un ‘pelotazo’ era mucho mayor.

    Con el paso de los años alterné temporadas en las que jugaba mucho y algunas, por circunstancias laborales o personales, no me asomaba por el salón de juego. En esa época no ganaba mucho dinero con todo esto, era más un vicio, una diversión y no tenía esa necesidad imperiosa que más tarde me convirtió en un esclavo.

    No recuerdo como, ni a que edad, ni de que forma esto empezó a representar un problema para mí y para los que me rodeaban, lo cierto es, que llegó un momento en el que el juego pasó de ser una afición a ser el eje central a través del cual se organizaba mi vida. Los trabajos que iban saliendo, iban desapareciendo. En ese momento, la excusa que me contaba era que el jefe me perseguía o que la empresa no era solvente o que no ganaba lo suficiente, pero lo cierto es que no disponía de mucho tiempo libre, el juego ocupaba todo. A lo largo del día y sobretodo de las noches, en mi cabeza solo estaba el juego, la manera de conseguir el dinero para ir, esperar el momento que mis obligaciones me permitieran poder acudir a una sala de juego o al casino a sumergirme en una nebulosa donde no pasaba el tiempo, donde no existía nada, donde el único estímulo al que reaccionaba era la luz del botón de la maquina frente a la que estaba sentado, la carta que iba a sacar el crupier o si tocaba el rojo o el negro.

    Las consecuencias eran evidentes pese a que yo no las veía. Al principio, el dinero lo sacaba de mis ahorros, de lo que ganaba con el juego o del trabajo que tenía. Siempre me consideré un gran jugador, obtenía beneficios jugando y quizás eso fue lo que me condenó, porque todo lo que ganaba en el juego lo dedicaba a jugar más o a recuperar lo que ya había perdido, nunca había un tope, nunca dejaba de jugar a no ser que ya no tuviera más dinero en el bolsillo, en la cartera o en las múltiples tarjetas de crédito que había pedido en diferentes bancos.

    Era callado, susceptible y con muy mal humor, mi familia me veía cada vez menos y cuando nos reuníamos mi cabeza estaba en otro sitio. A ellos jamás les pedí dinero, supongo que en el fondo, era consciente de que existía un problema y que el dinero que me prestaran no iba a poder devolverlo. Así que acudía a mis amigos, nunca al mismo, y les pedía un préstamo importante para supuestos negocios, compraba en el estanco un papel especial que me servía para hacer una especie de contrato con ellos en el que me comprometía a devolverle la cantidad en un plazo de tiempo y con unos intereses más bien bajos. Mi “mejor amigo” acabo siendo la banca, el Santander, Caja Madrid, La Caixa… con tarjetas de crédito, prestamos, etc. Y después el dinero fácil, las entidades que me entrampaban con un crédito fácil pero con un interés imposible.

    Yo no era yo desde hacía mucho tiempo, era infiel a mi mujer con el juego, ella pensaba que tenía amantes, ‘le gusta la buena vida’, se quejaba, no era padre, no era marido, no era hijo, no era nada, era un jugador incapaz de controlar, de decir basta, de parar.

    Todo explotó cuando en mi trabajo, de comercial, algo que me obligaba a manejar sumas elevadas de dinero, un día faltó una cantidad recaudada de un negocio. Mi jefe, mi amigo, que había sido jugador en su día, me pilló. No me despidió pero hicimos un trato: podía conservar el trabajo si se lo contaba a mi mujer y me ponía en tratamiento. Yo no estaba asustado, ni avergonzado, todavía no brotaba en mí el sentimiento de culpa con el que ahora me levanto cada mañana, yo estaba aliviado, lo necesitaba, no aguantaba más las mentiras, la doble vida, la obsesión.

    Convivo con la desconfianza, no solo la que mi entorno tiene sobre mi, también la mía propia, no se si me puedo fiar de mí mismo. Pero es más fácil luchar contra eso, es más fácil luchar contra el juego, que seguir en esa espiral, en esa vida paralela, al menos tengo motivos y el mejor `pelotazo’ que puedo conseguir es esta lucha.”