La incidencia estival del culto al cuerpo

En los tiempos que corren a nadie le sorprende que la gente de nuestro alrededor comience a hacer ciertas cosas para empezar a cuidarse, para alcanzar alguna meta concreta o para mantenerse en el punto en el que se encuentran. Tampoco extraña que este tipo de conductas tengan un incremento considerable cuando se acerca el verano. Es en esta época cuando más se muestran los cuerpos y cuando más parece hacerse patente el descontento generalizado de la sociedad con su físico, sea de forma genérica o focalizado en alguna parte concreta. En este sentido, las estadísticas revelan que mas del 90% de las mujeres y del 80% de los varones albergan preocupaciones sobre su apariencia física y dedican una buena parte de sus esfuerzos para mejorarla. No sólo eso, según un estudio realizado por Instituto Centta en diversos centros educativos de Madrid y Barcelona se observó cómo un porcentaje significativo de los adolescentes, además de tener este tipo de preocupaciones, tenían asociado felicidad y éxito en la vida con atractivo físico.

Con la archiconocida “Operación Bikini” palabras como “dieta”, “ejercicio” o “gimnasio” comienzan a tomar protagonismo en el vocabulario y las conversaciones informales. Los gimnasios y las consultas de nutrición y dietética se abarrotan de personas que, sea bajo la bandera de la estética o la de la salud, acuden en masa a estos servicios con la esperanza de cumplir sus objetivos. Hoy en día, tener un físico mejor es prácticamente un imperativo social.

Aun así, el hecho de querer verse mejor o tener un aspecto mas saludable no implica necesariamente padecer un problema, aunque puede aumentar las posibilidades de llegar a desarrollar alguna patología. Es en los casos en los que la preocupación estética llega a convertirse en un pilar fundamental en la vida de la persona y un valor básico para su autoconcepto cuando pueden comenzar los problemas. Además, el hecho de que la valoración social sobre la alimentación “light” o el deporte puede servir de cortina para enmascarar un problema mayor, ya que se puede utilizar la “excusa” del deporte o de la “alimentación saludable” para ocultar un problema con el físico o un trastorno alimentario.

El caso de las prácticas deportivas como enmascaramiento o excusa para mantener alguna patología relacionada con la imagen corporal no resulta ni mucho menos infrecuente. La tendencia actual ya no sólo exige tener un cuerpo esbelto y delgado, sino que debe estar tonificado y definido, por lo que se hace necesario incluir algún tipo de ejercicio físico en la ecuación. Casos como los de las chicas que practican gimnasia o danza o de los hombres que se dedican al fisioculturismo son ejemplos extremos de cómo la exigencia de realizar una determinada actividad deportiva puede llegar tanto a desencadenar una patología o a ser el argumento perfecto para mantenerla.

Como ya se ha indicado, otro aspecto que cobra especial importancia en estas fechas es el relacionado con las dietas y la alimentación baja en calorías de cara al comienzo del verano. El mundo de las dietas es tan rico y tan variado como la propia alimentación, y como en la alimentación, hay elementos que sientan mejor y otros que no sientan tan bien. Dietas ricas en proteínas como la Atkins y la posterior Dukan sobre las que han corrido ríos de tinta acerca de sus potenciales efectos adversos son el vivo ejemplo de una sociedad en la que prima el resultado por encima de los avances. Este tipo de dietas descompensadas en alguno de los valores nutricionales (alta en proteína, baja en carbohidratos, por ejemplo) pueden ser potencialmente perjudiciales para el organismo, aunque sean ampliamente utilizadas durante largo tiempo para incrementar la masa muscular. Al disminuir drásticamente el aporte de hidratos de carbono en el organismo, el cuerpo debe recurrir al aporte energético almacenado en el tejido graso para poder mantener su actividad, lo que genera la llamada cetogénesis (liberación de cuerpos cetónicos en el organismo). Al producirse esto, el cuerpo utiliza los cuerpos cetónicos como fuente de energía en lugar de los carbohidratos o la glucosa en el caso del funcionamiento cerebral. El problema es que los cuerpos cetónicos son ácidos y el cerebro sólo puede utilizar un pequeño porcentaje para funcionar con esa fuente de energía. Lo mismo pasa con el resto de órganos que se ven forzados a utilizar una fuente de energía pensada para condiciones extremas de supervivencia. Este proceso puede llegar a desencadenar desequilibrios electrolíticos y otros problemas orgánicos como osteoporosis, aumento de ácido úrico, cefaleas etc. Asi como dificultades cognitivas, ya que el cerebro no funciona con todo su potencial.

A pesar de todo lo expuesto, es posible y deseable mantener un equilibrio saludable entre una autoestima sana, una alimentación equilibrada y una correcta práctica deportiva, no utilizando el físico como indicador de felicidad, sino construyendo un autoconcepto basado en valores personales sólidos, internos y estables en lugar de colocar todos los huevos en la misma cesta y medir nuestro éxito personal y social en función de nuestro cuerpo o nuestra imagen física.